San Valentín siempre llega cargado de flores, chocolates y planes en pareja, pero con los años he aprendido algo importante: el amor más constante y necesario es el que tenemos con nosotras mismas. Y no, no es una frase cliché. Es una práctica diaria. Para mí, el amor propio se construye en los pequeños hábitos, en las decisiones que tomamos incluso cuando nadie nos está mirando.
Hubo un tiempo en que me regalaba cosas lindas, pero me hablaba feo. Me consentía un día y al siguiente me descuidaba por completo. Hoy entiendo que cuidarme va mucho más allá de un detalle bonito: es escuchar mi cuerpo, respetar mis tiempos y elegir espacios donde me sienta segura, feliz y en paz. Ahí es donde Figurella entra como parte fundamental de mi rutina y de mi relación conmigo misma.
En Figurella aprendí que el amor propio también se entrena. Que mover el cuerpo no es castigo, sino agradecimiento. Que comer mejor no es restricción, es autocuidado. Y que rodearte de mujeres que están en el mismo proceso te recuerda que no estás sola. En este espacio no solo trabajas tu figura, también fortaleces tu mente y tu autoestima.
Este San Valentín decidí celebrarme. Celebrar que me levanto y sigo intentándolo. Que me equivoco, pero regreso. Que mi cuerpo cambia, pero sigue siendo mi hogar. El amor propio no se trata de perfección, se trata de constancia, y cuando eliges cuidarte desde dentro hacia afuera, todo empieza a alinearse.
Porque sí, recibir flores es lindo…
Pero sentirte bien contigo misma es incomparable 💗



